Foto del 2016 suministrada por Roland Mack, tomada en District Heights, Maryland, que lo muestra con su hermana Chantee, fallecida por el coronavirus tras contagiarse probablemente en su sitio de trabajo. Trabajaba en el servicio de salud pública. Imagen, Roland Mack vía AP.

Chantee Mack trabajaba en el sector de la salud pública y sabía que el coronavirus la podía matar. No quería correr riesgos durante la pandemia y pidió dos veces permiso para trabajar desde su casa.

Le dijeron que era indispensable y se lo negaron en ambas oportunidades.

Ocho semanas después, había muerto.

Mack, de 44 años, especialista en el manejo de las relaciones con los pacientes, falleció luego de que se registrase un foco de contagios del COVID-19 en el Departamento de Salud del condado Prince George de los suburbios de Maryland, en las afueras de Washington. El coronavirus infectó a al menos 20 empleados del departamento, varios de los cuales habían asistido a una reunión en la que se sentaron a corta distancia, según dirigentes sindicales.

El caso ilustra los peligros que representa el COVID-19 para los empleados de los organismos de salud pública que ayudan en la lucha contra la pandemia.

“Acuden a nosotros en una emergencia. Somos indispensables. La gente no nos considera parte de la primera línea de fuego, pero lo somos”, dijo una compañera de Mack, Rhonda Wallace, delegada de la rama local de la Federación Nacional de Empelados Estatales, de Condado y Municipales.

Estos brotes representan una seria amenaza para departamentos de salud recargados de trabajo y cortos de dinero. Un estudio de la Associated Press y KHN indica que el gasto en la salud pública por persona bajó un 16% del 2010 al 2018 a nivel nacional, ajustado a la inflación.

Los trabajadores del sector de salud pública de otros estados también registraron contagios de coronavirus y en algunos casos siguieron trabajando para combatir la pandemia. Pero el caso de Prince George fue de los peores y afectó a trabajadores que lidiaban con 21.000 contagios.

El portavoz del departamento de salud del condado Ernest Carter dijo en un comunicado que estaban destrozados por la muerte de una empleada valiosa que trabajó allí desde el 2001.

En los primeros días de la pandemia, el departamento aplicó la política de trabajo a distancia delineada en el 2016, no una diseñada pensando en el virus. Algunos empleados dijeron que el departamento no suministró suficiente equipo protector.

Funcionarios del condado contactados no respondieron a preguntas sobre cómo las enfermedades de los empleados afectaron las operaciones del departamento. Pero la doctora Elizabeth Ford, directora de salud de la Junta de Salud del Condado DeKalb de Georgia, dijo que su departamento, que fue perdiendo fondos y personal con el correr de los años, tuvo que reducir las horas de atención cuando cuatro empleados contrajeron el COVID-19 y otros se tuvieron que aislar.

Ford, presidenta electa de la Asociación Nacional de Funcionarios de Salud a Nivel de Condado y Municipal dijo que es importante proteger la salud de los empleados.

“Hay que tomar muchas decisiones difíciles”, manifestó. “Todos nos piden orientaciones y nosotros estamos aprendiendo sobre la marcha”.

Acosada por el virus

Mack trabajaba en el programa de enfermedades transmitidas sexualmente. Una de sus tareas era informar a la gente acerca de los resultados de exámenes para detectar infecciones como VIH, gonorrea y sífilis. Si bien no lidiaba con el COVID-19, fue una de un centenar de empelados considerados indispensables.

A mediados de marzo, el personal recibió un email que decía que los empleados debían ser evaluados para decidir si podían trabajar desde sus casas.

Mack solicitó hacerlo.

Su pedido tenía el aval de sus jefes inmediatos, pero fue rechazado por la gerencia, según documentos del sindicato.

Su hermano Roland Mack, de 38 años, no entiende por qué, en vista de que hacía trabajo mayormente administrativo que podía realizar tranquilamente desde su casa. Tenía problemas en la columna que complicaban sus encuentros en persona con los clientes.

Documentos internos del sindicato obtenidos por KHN señalan que en una conferencia telefónica de nivel gerencial la directora adjunta Diane Young había dicho que todo el personal de servicios vinculados con la salud de la familia era indispensable. Solo podrían trabajar desde casa las personas mayores de 65 años, quienes tuviesen sistemas inmunológicos “alterados” o hijos pequeños.

Mack era obesa, lo que constituye un factor de riesgo de contagio del COVID-19, pero de todos modos, y a pesar de la intervención del delegado sindical Anthony Smith, sus solicitudes fueron denegadas.

Candance Young cree que ella fue quien contagió a Mack, en su último día de trabajo antes de tomarse una licencia por un embarazo.

Young, de 31 años, dice que “no tengo la menor duda” de que se contagió de un compañero de trabajo o de algún visitante, ya que el trabajo era el único sitio donde tenía contacto con gente que no fuese su familia inmediata. No salía de su casa ni siquiera para comprar comida porque su embarazo era de alto riesgo.

Por entonces “no se estaban tomando medidas que limitasen el contacto entre empleados”, dijo Smith. “Y no abundaba el equipo de protección personal”.

El 19 de marzo Mack y Young participaron en una reunión de trabajo. Ese día el gobernador de Maryland Larry Hogan dijo que los edificios públicos deberían colocar carteles recomendando mantener distancias y evitar reuniones de más de 10 personas. Young recuerda que alguien mencionó lo irónico que era que por un lado se hiciese ese anuncio y por otro ellos, una veintena de empleados, estuviesen reunidos sin guardar dos metros (seis pies) de distancia entre ellos.

Documentos del sindicado indicaron que nueve de los 19 miembros de la unidad de Mack, incluidos algunos que participaron en la reunión, habían contraído el virus.

Young empezó a sentir síntomas y el 24 de marzo lo informó a sus supervisores. Dos días después, pasó a ser la primera empleada del programa a la que se le diagnosticó el COVID-19. Young se recuperó y dio a luz una bebé saludable, cuyo análisis dio negativo.

A Mack se le diagnosticó el virus a principios de abril.

Fue una de cuatro empleados que según el sindicato fueron hospitalizados. Estuvo cuatro semanas con un respirador. Hubo que hacerle transfusiones de sangre. Le dejaron de funcionar los riñones y tuvo una hemorragia cerebral.

Falleció el 11 de mayo.

“Era un alma buena”, dijo su hermano. “Todo esto es un desastre”.

Agregó que su familia está destrozada.

“Me siento solo ahora que no está”, manifestó. “Desde que yo tenía cinco años ella me cuidó como una segunda madre”.

Mack había estado hablando de cumplir un viejo sueño: seguir los pasos de su finada madre y hacerse enfermera.

Hoy las dos están enterradas una junto a la otra.

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