El individuo de Idaho fotografiado con un casco colgado de una mano del balcón del Senado durante los disturbios del 6 de enero se entregó a las autoridades seis días después. Desde el vehículo que lo llevaba a una cárcel de Boise, Josiah Colt filmó un video en el que se disculpaba y expresaba su arrepentimiento por haber participado en la toma del Congreso.

Jacob Chansley, el hombre que se identifica como un chamán de QAnon y que posó para fotos en el estrado del Senado con la cara pintada y un sombrero de plumas con cuernos, tampoco manifiesta el mismo entusiasmo que exhibió durante la toma. Un mes después escribió una carta disculpándose desde la cárcel, pidiendo comprensión y diciendo que estaba recién asimilando la gravedad de sus acciones.

Confrontados con videos y fotos que revelan su participación en los disturbios, decenas de sublevados han ofrecido disculpas y expresado arrepentimiento a medida que empiezan a sufrir las consecuencias de sus acciones. Las ramificaciones incluyen la posible pérdida de sus trabajos, la ruina financiera y potenciales condenas a prisión.

“Esto va a tener consecuencias para toda esta gente por el resto de sus vidas, como debe ser”, declaró John Flannery, exfiscal federal.

Otra posible consecuencia para Colt y los demás sublevados que aparecen en fotos que dieron la vuelta al mundo mientras todavía estaban adentro del Congreso: La ignominia que los perseguirá por el resto de sus días.

Un abogado de Dominic Pezzolla, que según las autoridades dice ser miembro de la organización extremista Proud Boys y que rompió ventanas del Congreso con el escudo de un policía, afirmó que la detención de su cliente hizo que su esposa y dos hijos quedasen en una situación económica desesperada.

Varios empleados del negocio de instalación de pisos que administra Pezzolla se quedaron a su vez sin trabajo porque Pezzola está preso, de acuerdo con una carta que el abogado Jonathan Zucker escribió pidiendo la liberación de su cliente mientras espera su juicio.

Pezzola, dijo el abogado, lamenta sus acciones, que incluyen la difusión de un video en el que hace un discurso triunfal en el Capitolio mientras fuma un puro “de la victoria”.

“Desde su arresto ha tenido tiempo para reflexionar y ver todo lo que salió a la luz, y ahora comprende que fue engañado y se le hizo creer estas cosas falsas”, como que a Donald Trump le habían robado la elección, dijo Zucker.

Colt, quien expresó devoción por Trump y tildó a la presidenta de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi de traidora, pareció reconocer las consecuencias de sus acciones a largo plazo al hablar en un video poco antes de su arresto. El video fue luego difundido por KBOI-TV.

“Jamás quise hacer hada que representase una mancha para mi familia, mi país y para mí personalmente”, expresó, añadiendo que había recibido amenazas de muerte.

Algunos sublevados se repintieron antes que otros.

Al día siguiente de tratar de pegarle a un policía con el palo de una bandera frente a la cámara baja, Chad Jones le dijo a un amigo que era un “idiota” y que sabía que se había metido “en problemas graves”, según documentos legales.

Tenía razón. Una semana después fue acusado de, entre otras cosas, haber usado un arma —el palo de la bandera— para agredir a un agente. Se expone a 60 años de cárcel.

Samuel Camargo, quien publicó un video en Instagram en el que se lo ve forcejeando con un agenta al tratar de ingresar al Capitolio, emitió una disculpa a través de Facebook al día siguiente.

“Lamento haber decepcionado a tanta gente, este no soy yo ni creo en estas cosas”, escribió. Camargo también fue imputado por los disturbios.

La disculpa no lo ayudó demasiado. Un juez dispuso que siga preso hasta su juicio por considerar que nada garantizaba que se presentaría al juicio de ser liberado.

Una cantidad de sublevados se presentaron delante de jueces federales y algunos ofrecieron disculpas antes de ir a los tribunales. Resulta difícil distinguir quiénes se arrepienten realmente y quiénes simplemente tratan de congraciarse con los jueces en la esperanza de recibir condenas menos severas.

Desde la cárcel, tras ser detenido en marzo y a la espera de una vista para determinar si le daban libertad bajo fianza, Bruno Joseph Cua, de 18 años, le escribió al juez de su caso, asegurándole que estaba arrepentido y que había escarmentado. “Lección bien aprendida, su señoría”, escribió Cua.

Dos meses antes Cua había dicho en las redes sociales que había sido parte de la historia al participar en la toma del Congreso, de acuerdo con la acusación. En un comentario que los jueces podrían considerar una admisión de su culpabilidad, dijo: “Sí, logramos entrar por la fuerza física”.

Por ahora no ha habido arreglos extrajudiciales, aunque no se descarta que los haya. Dada la gravedad de lo sucedido, un ataque a lo que muchos consideran el corazón de la democracia estadounidense, fiscales, jueces y el público en general no se muestran demasiado tolerantes.

El juez de Pezzola negó su pedido de libertad bajo fianza, diciendo que podría representar un peligro para la comunidad y que el supuesto arrepentimiento no compensa la evidencia de que “estaba dispuesto a desempeñar un papel importante en un acto de violencia política”.

Hasta ahora han sido encausados más de 300 sublevados. A varios se los acusa de planificar y coordinar cuidadosamente el ataque del 6 de enero. La mayoría no son acusados de cometer actos de violencia ni de dañar la propiedad, sino de burlar la barrera de seguridad y de ingresar a zonas restringidas.

En la mayoría de los casos no hay dudas de que irrumpieron en el Capitolio. Los mismos imputados se incriminaron difundiendo selfies y videos en las redes sociales.

Edward Jacob Lang publicó una foto en la que se lo ve con partidarios de Trump tratando de ingresar a un túnel del Congreso, golpeando a policías a su paso. Incluso indicó en una foto “ESE SOY YO”. La foto está siendo usada como material incriminatorio.

Algunos insurgentes afirman que se dejaron llevar por la turba, sin darse cuenta de la gravedad de los hechos hasta que ya era demasiado tarde.

James Raham dijo en un video que en el momento en que atravesó la puerta del Congreso, supo “que el FBI vendría por mí”. Raham, de 61 años, afirmó que se dejó llevar por la “emoción del momento”.

Varios psicólogos dicen que a veces la gente, en medio del frenesí de una turba, pierde el sentido de responsabilidad individual e incurre en comportamientos antisociales que jamás hubiesen contemplado por su cuenta.

Pero parece poco probable que los jueces admitan ese argumento.

Uno de los arrepentimientos más sonados es el de Chansley, el supuesto chamán de QAnon. Un juez, sin embargo, le negó la libertad condicional, haciendo notar que en una entrevista con “60 Minutes” de CBS Chansley había dicho que no lamentaba su lealtad a Trump.

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