Edgar Mejía contrató los servicios de un coyote y tenía dinero para pagar solo por su cruce de la frontera entre México y Estados Unidos y el de un hijo. Se decidió por el menor, un varoncito de tres años que es un “guerrero”, y dejó a los de siete y doce años con su madre en Honduras.

“Lastimosamente tuve que usarlo a él como pasaporte para estar aquí”, declaró Mejía la semana pasada tras recoger leche que repartían voluntarios en una terminal de autobuses de Brownsville, Texas, donde hizo una escala camino a la casa de familiares en Atlanta. “Por él estoy aquí”.

Mejía, de 32 años, dijo que le pagó 6,000 dólares a un coyote en busca de un “nuevo sueño” que Honduras jamás le permitirá hacer realidad. Es uno de los casi 170,000 “encuentros” de la Patrulla de Fronteras con migrantes que ingresaron ilegalmente a Estados Unidos en marzo, la cifra más alta en 20 años. El total, anunciado el jueves, incluye casi 19,000 menores que viajaban solos, la cifra más alta para un mes jamás registrada.

Niño inmigrante suplica por ayuda

(Video sólo visible desde Estados Unidos)

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Carlos Enrique Linga Rivera y su hija Betti Noemí, de cinco años, hablan con la Associated Press en la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe en Mission, Texas, el 28 de marzo del 2021. Linga fue autorizado a permanecer en EEUU tras cruzar la frontera ilegalmente con la niña. Dice que un temporal arrasó con su casa y que ya no podía mantener a su familia en Guatemala. Se dirigía a Tennessee, donde tiene un amigo. (AP Photo/Darío López-Mills, File)

Aproximadamente cuatro de cada diez detenciones del mes pasado en la frontera involucraron familias o menores no acompañados —muchos de ellos de Guatemala, Honduras y El Salvador— en momentos en que tanto México como Estados Unidos favorecen el que las personas que piden asilo permanezcan en suelo estadounidense mientras se procesan sus casos.

Durante décadas, hombres mayormente mexicanos cruzaban la frontera ilegalmente y muchos iban y venían hasta que se reforzó la vigilancia de la frontera. Las migraciones tuvieron altibajos, pero continuaron y eran previsibles.

En la última década, una serie de factores provocó grandes olas migratorias periódicas, sobre todo de familias y menores, que tienen más protecciones legales y requieren más atención. La Oficina de Rendición de Cuentas del Gobierno identificó 10 posibles causas para el aumento en la cantidad de menores no acompañados en el 2014, incluidas la pobreza, la violencia y percepciones acerca de la política inmigratoria de Estados Unidos.

Hubo un gran incremento en la llegada de familias en el 2019 después de que el gobierno de Donald Trump puso fin a la práctica de separar los padres de sus hijos en la frontera. La ola actual se produce tras intensas tormentas en América Central y la decisión de Joe Biden de hacer a un lado las políticas de mano dura de Trump, aunque muchos de los cambios de los que se habla son solo rumores o fueron inventados por los coyotes para motivar a los migrantes.

Las causas de fondo que impulsan a los centroamericanos a emigrar no han cambiado, según la monja Norma Pimentel, directora ejecutiva de Catholic Charities en el Rio Grande Valley de Texas, que administra un albergue temporal que ha estado alojando de 400 a 500 migrantes por noche, comparado con los 1.000 del 2019.

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“Creo que los coyotes usan lo que pasa en Estados Unidos para engañar a las familias, atraerlas. Difunden relatos que promueven la idea de que hay que venir ya mismo. ‘El presidente les va a permitir permanecer’” en Estados Unidos, expresó la religiosa.

Los migrantes, en decenas de entrevistas realizadas a lo largo de las dos últimas semanas, generalmente dicen que las circunstancias en América Central son lo que los motiva a emigrar a Estados Unidos. Cuando se les pregunta por Biden, casi todos dicen que sus posturas más tolerantes hacia los migrantes incidieron en sus decisiones.

Las tarifas que cobran los coyotes varían. Algunos migrantes pagan hasta 10,000 dólares por persona en el Rio Grande Valley, la ruta de cruces ilegales más transitada. Generalmente ofrecen descuentos si hay más familiares. El cruce puede tomar semanas de viajes en automóviles, autobuses y camiones, hasta llegar a botes inflables con los que cruzan el río Bravo (Grande para los estadounidenses) y tanto familias como menores se entregan a los agentes de la Patrulla Fronteriza.

Mejía dijo que él y su hijo formaron parte de un grupo de 18 hondureños que hicieron el viaje en cuatro tramos, incluido uno en un camión desde la Ciudad de México hasta Monterrey y un tramo final en una furgoneta abierta hasta Reynosa, en la frontera. Se les dijo a los niños que no hiciesen ruido al cruzar puestos de control de los militares.

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“Allá le dice una cosa, que va a ir bien, pero la realidad es otra”, expresó Mejía, con su hijo de tres años a su lado en la terminal de autobuses de Brownsville, ciudad fronteriza de unos 200,000 habitantes. “Es un guerrero para estar aquí. Para lo que hemos sufrido, es demasiado fuerte”.

Douglas Pérez, de 24 años, dijo que viajó parado con diez personas en una camioneta cubierta. Lo acompañaban su esposa y dos hijos de cuatro y un año de edad. Él sostenía a su hijo menor y tocaba el techo del vehículo con la palma de su mano para mantener el equilibrio. Las autoridades estadounidenses los dejaron ir y les dieron una cita para que se presenten en una oficina del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas más adelante.

Pérez, quien pagó 27,000 dólares para traer a su familia a Estados Unidos, dijo que se fue de las alturas occidentales de Guatemala porque no ganaba lo suficiente en las cosechas de maíz.

Carlos Enrique Linga, liberado junto con su hija de cinco años, dijo que ya no podía comprarle ropa a su familia en Guatemala después de que las lluvias destruyesen su casa. Decidió entonces ir a Tennessee, donde tiene un amigo. Su esposa, mellizos de dos años y un bebé recién nacido se quedaron en Guatemala porque no tenía dinero para pagarle al coyote.

“Nuestra casa se la llevó la corriente”, afirmó Linga tras desayunar en un albergue para migrantes en Mission, Texas. “Ya no tenemos nuestro rancho. No tenemos casa”.

ARCHIVO – En esta fotografía del 19 de marzo de 2021, varios migrantes bajo custodia de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza hacen fila en una zona de procesamiento, en Mission, Texas. (AP Foto/Julio Cortez, archivo)

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La Patrulla Fronteriza tuvo 168,195 encuentros con migrantes el mes pasado, la cifra más alta desde marzo del 2001. No se pueden comparar esas estadísticas porque la mayoría de los detenidos el mes pasado habían sido expulsados por Estados Unidos al amparo de poderes especiales invocados por la pandemia del coronavirus, que permiten negar el derecho a pedir asilo. Las expulsiones no tienen consecuencias legales, por lo que la gente a menudo hace varios intentos.

Biden puso fin a la expulsión de menores no acompañados, permitiéndoles quedarse en Estados Unidos con “patrocinadores” —generalmente padres o parientes cercanos— mientras se procesan sus solicitudes.

México se muestra reticente a recibir familias centroamericanas con niños, sobre todo en el estado de Tamaulipas, fronterizo con el Rio Grande Valley, por lo que muchas de ellas son también liberadas en Estados Unidos a la espera de que las autoridades inmigratorias consideren sus solicitudes.

Los adultos que llegan al Rio Grande Valley solos y las familias con hijos de siete años o mayores son expulsadas y enviadas a Reynosa, un bastión del crimen organizado. Circulan numerosos rumores no confirmados en la plaza donde los migrantes deciden qué hacer. La semana pasada se decía que Estados Unidos abriría la frontera el 5 de abril o que la frontera permanecería abierta los primeros 100 días del gobierno de Biden.

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Hermelindo Ak, quien cultiva maíz, dijo que escuchó en Guatemala que las posibilidades de permanecer en Estados Unidos aumentaban para las familias, pero no sabía cómo se evaluaban las edades de los menores. Comentó que la información cambiaba “de un día para otro”.

Fue expulsado por Estados Unidos con su hijo de 17 años. Cuando se enteró de que los menores podían quedarse, mandó a su hijo para que cruzase solo. Ak, de 40 años, planeaba volver a su país, con su esposa y sus otros hijos, que permanecieron en Guatemala porque no tenía dinero para financiar el viaje de todos.

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